1957. Bilbao amanece cada día bajo un cielo plomizo y entre un paisaje de fábricas y humo condensado, apretándose el cinturón industrial mientras enseña su producción siderúrgica y su crecimiento comercial, y aprende a sentirse urbe en un mundo que no termina de entender. La ciudad conserva el rostro enjuto y la cabeza erguida sobre un tronco metálico que avanza con el chirriar de las máquinas y el ronco bostezo de los barcos.
El fútbol es el motivo de orgullo cultural del señorial Botxo, y su Athletic, tantas veces “txapeldun”, patrimonio de la humanidad bilbaína. En ese año se disputa la recién creada Copa de Europa por segunda vez y el equipo de “los Once Aldeanos” acaba de eliminar al Honved húngaro, base de la selección magiar que maravilló en el Mundial de 1954, debiendo enfrentarse ahora al Manchester United, un conjunto de jóvenes prodigiosos llamado a representar el intento de los inventores del juego por dominar Europa ante el innovador y ambicioso Real Madrid.
Es 16 de enero y la nieve cae en densos copos sobre San Mamés, convirtiendo el campo en una mezcolanza de tierra, briznas de hierba y restos blanquecinos que cuajan en bloques arenosos. Un terreno poco hospitalario para dirimir controversias bajo las reglas del juego y con una pelota de por medio, que invita a argumentos épicos y venturosos.
Lo que aquel gélido día sucedió se evoca en las homilías dominicales del santo, resuena aún hoy en los anclajes del arco que corona la Catedral cuando sopla el viento del Norte, despierta una sonrisa melancólica en los nietos cada vez que los abuelos entornan los ojos para recordar.
Jugaron Carmelo, Orúe, Garay, Canito, Etura, Mauri, Artetxe, Markaida, Merodio, Uribe y Gaínza. El Athletic ganó 5-3, mostrando a aquel mundo desagregado la convicción de su ideal y su vinculación con la aldea y el pueblo, marchándose a los cielos el orgullo de la inolvidable derrota con aquellos malogrados jóvenes prodigiosos una maldita noche en Munich.
2012. Han transcurrido 55 años. Un largo tiempo que ha visto cambiar profundamente las estructuras y sus gentes. Bilbao continúa amaneciendo cada día bajo el mismo cielo, que hoy cobija una ciudad moderna y elegante, que ha aprendido a sentirse y parecer única en un mundo que empieza, ahora sí, a entender, aunque no le termina de convencer.
Se viste con diseños artísticos, se expresa de cara a todos y continúa relatando su historia aldeana a través del Athletic, menos País y más Vasco, de puro rojo y blanco olvidó sentirse “txapeldun”. Sólo ha ganado dos Ligas desde que abandonamos el relato a mediados del pasado siglo y Europa perdió hace mucho la consciencia acerca de la supervivencia de su estirpe. Aquellos aldeanos que parecieron grandes bajo una nevada que se conserva en imágenes color sepia debieron retirarse a sus montañas y botxos a cultivar la tierra o desarrollar otras inquietudes culturales; o tal vez emigraron para no volver a lugares inhóspitos donde conservar su lengua y sus raíces; o quién sabe si se extinguieron como pueblo, engullidos por la inmensa y seductora ola de la globalización.
Es 8 de marzo y el mundo ya no tiene qué cuestionarse. Antes de recibir otra vez la visita del Manchester United, el Athletic les rinde visita. Ha pasado mucho tiempo, pero viaja a encontrarse otra vez con un grupo de jóvenes prodigiosos que ya no persigue el ideal por respetar el honor de los creadores de juego alguno, pero que está acostumbrado a la gloria representando a aficionados y consumidores del mundo entero.
Gorka, Andoni, Javi, Mikel, Jon, Ánder, Markel, Óscar, Ánder, Iker y Fernando. Once emisarios de una epístola olvidada; once aprendices de héroe con un antifaz bordado en casa; once aldeanos con ínfulas cosmopolitas; once evidencias de que aquel pueblo continúa existiendo en torno a una hoguera de vanidades compartidas.
Os dejo a continuación un bonito reportaje de Informe Robinson. El relato gira en torno al amor a unos colores, unos símbolos y unos valores, y la especial manera en que unos aficionados ingleses ven, entienden y sienten el "negocio" del fútbol. Esa visión les ha hecho ir más allá.
Espero que os guste y os ayude a definir el modelo más adecuado
Un viajero francés desembarcó en el Buenos Aires virreinal en 1810 y describió la Gran Aldea con el desdén engolado de quien visita para mostrar antes que para observar: "A la hora de la siesta, en las calles no se ven más que médicos y perros". Tratando de menospreciar la holgazanería argentina, ese señor tan viajado nos descubre el que era gran pasatiempo de los porteños, inquietos y vivarachos, a las puertas de su gran Revolución de Mayo.
Si el crítico gabacho visitara hoy Buenos Aires, dos siglos después, nos relataría (intuimos que con semejante desdén) cómo, a la hora del partido de fútbol del equipo del barrio, en las calles no se ven más que perros y algún médico de guardia dispuesto a velar por la pasión incontenible del porteño, que se derrama en corazones al borde del colapso. Y aunque pensara que así dejaba patente la escasa intelectualidad de las inquietudes culturales del Buenos Aires de hoy, nuevamente estaría contando al mundo cuál es el pasatiempo favorito de toda la Argentina.
Escribía Daniel Arcucci en “La Nación” que Argentina tenía tres mitos como referente emocional: Evita Perón, Carlos Gardel y Diego Armando Maradona. Los dos primeros están muertos, pero Diego vive milagrosamente, sentado en solitario en un mausoleo albiceleste donde un radiante sol amarillo ilumina el único icono en movimiento de la idolatría nacional.
Maradona representa bien lo que significa Argentina: cambiante y poliédrico, sublime y autodestructivo, desconfiado con el poder pero ingenuo ante otras tentaciones, pasional hasta el paroxismo, exagerado hasta la exageración. Glosar la figura y trascendencia del Diego llevaría varios tomos de un libro, pero se entiende con sencillez la razón de su ascendente. Así que no extraña (o lo hace menos de lo que debería) su automática conversión en una especie de dios, sobre todo en un tiempo en que el descreimiento en lo que no se ve impide a los sueños revolvernos el corazón.
En el mundo de hoy, Argentina proyecta lo que es en buena medida a través del fútbol. Por eso, en la rivalidad entre Boca Juniors y River Plate, habita la esencia de la gloria y la miseria del argentino. River se nos fue, Buenos Aires se estremece, Núñez muere en vida y el mundo del fútbol siente una especie de orfandad que tiene poco de solidaria y compasiva y mucho de abatimiento sincero. Se nos fue la Banda Sangre, la Máquina, la magia del Monumental, el "Millo", los relatos de Labruna, Pedernera y Lousteau, el recuerdo en color sepia de Di Stéfano, el Principado de Francescoli, las "Gashinas", las gestas a todo color de Alzamendi, Fillol, Bambino Veira, Crespo, Salas, Batistuta, Saviola o Mascherano. River se le fue al mundo y ahora nos cuesta tragar saliva.
Argentina adora a Maradona porque la hizo sentirse la más grande en un mundo que, de otra manera, no la tendría en tan alta consideración. Le ha perdonado sus excesos, sus exabruptos, su adicción a las drogas, su carrera suicida hacia la autodestrucción. El fútbol adora a River porque le dio lustre y grandeza, le dignificó con gestas y le enriqueció con relatos que agrandan el abismo de su leyenda. Ahora necesitamos que le perdone sus excesos, sus exabruptos, su adicción a las drogas y su carrera suicida hacia la autodestrucción.
El fútbol es una patria rectangular en la que reina el presente, imparte justicia una sacralidad esférica y las fronteras están dibujadas con cal. A sus ciudadanos se les dice que siempre tienen la razón, pero prefieren distraerse a exhibirla, y los gobernantes, elegidos por el dinero que arriesgan, seleccionan al comandante en jefe y al ejército que defenderá un estandarte y unos colores en el campo de batalla. Las más encarnizadas de las luchas siempre enfrentan ideas, convicciones colectivas, formas de entender la sociedad, a fin de cuentas, maneras de vivir. Que nadie se escandalice ni se lleve a engaño: esto es un juego en el que naciones empíricas se baten en sencillo y azaroso duelo por el instinto, la supervivencia, el orgullo de condición. Pura esencia de la historia del ser humano.
El ideario nacional de un equipo de fútbol se forja con el tiempo, se asume por todos y se defiende en un juego capaz de reunir los sentimientos de paz y los impulsos de guerra. Ese juego es cultura, porque cada uno defiende su manera de vivir, la opone a las de los demás y coloca en medio una pelota a ver qué pasa. Todo esto porque la nación futbolística de más alto linaje vuelve a sentirse superior tras derrotar al enemigo que amenaza su supremacía. La Copa del Rey conquistada por el Real Madrid encierra toda la carga simbólica del tiempo en el fútbol: casi dos décadas y varias generaciones sin un título especial por definición, tres años de sometimiento a un Barça que golpeaba el mentón y el orgullo, cinco meses digiriendo una humillación pública a mano alzada. Tanta carga y tanto simbolismo, que da la impresión de que no ha pasado tanto tiempo, sino que se les ha hecho más largo.
Desde el primer recuerdo y hasta la última nostalgia, siempre hubo algo de reconocible en cada triunfo del Real Madrid. Estandartes erguidos, orgullo castizo de honda raigambre, el blanco sin mácula del enemigo en la contienda que defiende con fervor la honestidad de sentirse superior, y que cuando pierde da la mano como noble y fiel hermano.
En un tiempo en que el fin justifica cualquier medio y cada uno adopta las ideas que escucha en los pedestales, la patria blanca ha temido por su gloria presente y ha vendido su orgullo, su sociedad, sus convicciones y su alma al diablo, a cambio de que le devuelva a los altares y le permita recuperar sus ritos confesionales y sus ofrendas nocturnas a su diosa.
Y ahí les tienen, asomados desde el pedestal, ufanos como quien recupera lo que le han usurpado, convencidos de que el olor embriagador del metal les ayudará a calmarse y recuperar sus valores y principios, venciendo como sólo ellos saben y pueden hacerlo, estandartes erguidos, el orgullo intacto, vestidos de blanco, grandes campeones contemplados desde abajo con envidiada admiración. Hasta hace poco, uno reconocía la patria madridista cuando la tenía delante, pero le costaba identificar su temible grandeza; hoy, todos admiran un ejército blanco grande y campeón, pero cuesta reconocer en el mismo al Real Madrid, que deambula sin alma por los jardines de la gloria.
Como las similitudes entre fútbol y religión se nos ocurren a puñados, creemos justificar excesos y explicar sentimientos a partir de las mismas, sin darnos cuenta de que, en ese preciso momento, dejan de ser similares. Pero si algo les define conjuntamente es la importancia de la fe. En todas las manifestaciones culturales caracterizadas por el sonido de la aglomeración, el individuo se siente parte de una idea que ve con el corazón y que siente y sangra con la mirada.
Con los ojos vendados por el fundamentalismo del aquí y el ahora, el madridismo saludó el retorno de Florentino Pérez hace un año con las salvas corales de los desamparados y los vítores de quien siente la grandeza en el recuerdo. Por cerrar la idea introductoria, si a los cristianos nos vino a ver el hijo del Santísimo, los madridistas han visto descender por segunda vez al mismo Dios en persona.
Florentino regresó con un meditado plan estratégico, financiero y de difusión a medio plazo, y con evidente propósito de enmienda ante errores y abusos del pasado. Pero por encima de todo anunció que volvía con una convicción: el Real Madrid había perdido su identidad y olvidado sus valores en algún lugar entre ninguna parte y donde todos sabemos. El proceso degenerativo tenía una serie de causas: búsqueda del resultado hoy sin reparar en qué significará mañana; ineptitud de algunos responsables; falta de respeto o desconocimiento de qué es el madridismo; otorgar más importancia a los egos personales de lo debido, ... Y tenía una consecuencia evidente y peligrosa: el Real Madrid perdía a borbotones todos los intangibles que uno pueda imaginar y que explicaban su proyección y grandeza como entidad. O, lo que es lo mismo, el Real Madrid estaba perdiendo el lugar que un día ocupaba en el mundo.
Con dinero, flashes, repercusión y saturación mediática todos soñaron que el pasado regresaba, se detuvo la hemorragia y se colocó un apósito en forma de compromisos varios: instaurar una idea y unas bases para seguir desarrollándola en el futuro, reinar pero no gobernar (o, lo que viene a ser lo mismo, dejar la profesión para los profesionales), pensar en hoy y mañana al mismo tiempo (el famoso concepto de “las dos velocidades”). El madridismo no ha sido consciente de dónde estaba, lo que le ha despistado buscando la ruta hacia su destino. En el camino, se ha exigido algo que no podía conseguir, agarrándose a lo que le interesaba de esos compromisos y olvidando el motivo por el que se los tuvieron que recordar uno tras otro.
Fue James Russell Lowell quien dijo aquello de que el compromiso hace un buen paraguas, pero un mal techo. Ante la primera situación crítica, el golpe de mando ha devuelto todo el pasado de golpe, en lo que, más que un “dejà vu”, es una agotadora espiral trituradora. Hoy el madridismo siente, escuchando de nuevo la voz del Padre, que ha dejado de llover, pero siguen durmiendo a la intemperie.
Ha pasado un año y no, la vida no sigue igual. Habrá quien así lo vea, al comprobar que seguimos siendo igual de pobres (o de ricos, según se mire), sonreímos tantas veces como podemos y nos reunimos los mismos cada tarde de domingo alrededor de la hoguera de nuestras vanidades olvidadas. Pero la vida, nuestra vida, no ha vuelto a ser la misma.
Hoy es día de recuerdos, de nostalgias olvidadas, pero también de esperanzas recobradas. Hoy el blanco del espíritu inmaculado se mezcla con tonalidades difusas. Creemos sentir el color sepia que dibuja la memoria más bonita, la grandeza y la pureza, las fotos en blanco y negro del tiempo en que nos miraban; percibimos también el tinte carmesí de la pasión y el corazón, las venas y las penas, el color rojo de las almas que sangraban.
Un día como hoy, hace tanto y tan poco como un año, dejamos de lado los ancestros. Los niños sonreían imberbes, paseando por los arenales su inocente e inconsciente ansia de alegría; los padres volvieron a sentirse niños, la única excusa que encontraban para recuperar la inocencia y la inconsciencia; pero tal vez eran nuestros abuelos los más entusiasmados con la dicha. De repente, los relatos de unas gestas que pocos creían dejaron de ser cuentos de cuna y batallas revividas con dos generaciones sentadas en sus rodillas. No es país para viejos, pero a esto me refería ...
Un año pasa deprisa, pero duele y reconforta como ayer. Veintiséis años no son nada, pero marcan un horizonte que tal vez no nos volvamos a encontrar. Pero ciento doce años ... ciento doce años son una vida, y aquí estamos para vivirla. Aúpa Athletic.
El tiempo y la memoria son realidades tangibles en el mundo de los sueños, lo que permite a la gente moldearlas a su antojo. O, al menos, eso pensamos. Hay quienes viven el presente continuo, creyéndose tan modernos como el momento que suponen vivir y tan clásicos como el adagio “carpe diem” que engaña a su vista. El tiempo se les escapa entre las manos en un perpetuo cambio del futuro a pasado. Los hay que sólo viven del pasado, eternos infelices sin visión ni perspectiva, fugaces retornos al recuerdo dando la espalda a la vida. Pero resultan mucho más interesantes aquéllos que sólo dan valor a la eternidad. Ponen en valor únicamente lo que perdura, las cosas no valen por lo que hoy se dirá de ellas sino por cuánto tiempo se seguirá diciendo.
Es difícil imaginar un mundo de sueños más real que el fútbol, un lugar donde se moldeen el tiempo y la memoria más accesible que un estadio y una sociedad más segura de la eternidad que el Real Madrid.
Suele decirse que somos más comprensivos con la mediocridad que con la excelencia, y supongo que la cercanía inconsciente tendrá algo que ver. Tal vez por eso nos cueste tanto admirar al madridismo, sea por pertenencia familiar o, al menos, por vecindad civil. Desde la vecina aldea de corazones rojiblancos, nuestros respetos a los más grandes: “Sueñan contigo, Fortuna, los cometas de la capital. No sacian su sed con el éxito, con conocerte y que les sonrías. Buscan la gloria, escribir ellos la Historia, que todos envidiemos su memoria. Visten de blanco, el cielo inmaculado, escudo coronado de adornos de laurel. Campeón de campeones, se alimentan de exigencia, les exigen la excelencia donde quiera que estén”.
La leyenda del Real Madrid se ha forjado sobre unos valores inquebrantables, una cultura basada en al ética del esfuerzo y la superioridad y unas personalidades a la altura de tan petulantes convicciones. En la conciencia del fútbol, sobrevive como la Grecia clásica del juego occidental: cuna del arte y la medida de la belleza, la cruel exigencia de la victoria, sus mitos y epopeyas, sus dramas y sus tragedias. En un mundo como el actual, estos fanáticos de sí mismos asustan por lo que han conseguido.
El más fino analista que conozco dijo una vez que el Real Madrid es Esparta. Gloria o muerte. Matas a hierro a los enemigos o mueres a hierro entre el madridismo. No mires atrás, vístete de blanco y asume el peso de la grandeza. La épica es el camino más corto que conoce esta gente hacia la trascendencia. Sobrevive como un héroe o asume una muerte heroica. Sin eternidad ni heroísmo jamás reconocerán haberte conocido. La educación espartana estaba dirigida a la guerra y al honor, de ahí que las madres alentaran a sus hijos antes de partir al combate: “Vuelve con el escudo, o hazlo encima de él”. En ese caso, sacudirán tu recuerdo y se lo entregarán al siguiente aspirante a héroe por los siglos de los siglos. Esto es el Real Madrid. Gloria o muerte.
Desfilan los pontífices de la victoria con su casulla blanca inmaculada y la estola dorada. En pie el mundo del fútbol, cortesía a los que dominan. Todos quisiéramos ser tan grandes como ellos. Siendo nosotros mismos, por supuesto, pero tan grandes como ellos.